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Miércoles, 19 de Noviembre de 2008 23:14 |
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Comentario (Jesús Ibarra): Si lugar a dudas, La sombra del Caudillo es una de las mejores películas que ha hecho el cine mexicano, y se la debemos al maestro Julio Bracho. Una película cruel e injustamente tratada, pues fue prohibida por la autoridad civil y militar durante treinta años, violando las leyes constitucionales sobre la libertad de expresión y las garantías individuales, pasando sobre la opinión pública y sobre los intereses de los trabajadores del cine mexicano, que no cobraron por la realización de éste film, y sobre todo sobre el honor y el orgullo de Julio Bracho, quien fue víctima de una “muerte civil”, pues todo el mundo le dio la espalda tras la realización del film.
La sombra del caudillo está extraordinariamente bien adaptada de la novela homónima de Martín Luis Guzmán, por el propio Julio Bracho y por su pariente, el argumentista Jesús Cárdenas. La novela está llevada casi en su integridad a la pantalla; quien ha leído primero la novela y ve después la película recuerda la primera paso a paso y quien a la inversa ve primero la película, al leer la novela imagina a los personajes tal cual las caracterizaciones de la pantalla; prácticamente no hay secuencia en el libro que no haya sido filmada. La cinta retrata la corrupción e intereses creados que imperaban detrás de los ámbitos políticos en la época obregonista de los años veinte; sin embargo es aplicable a cualquier época en la historia de México, hasta hace unos pocos años en que la democracia ha comenzado a madurar en la política mexicana. La película contiene frases y situaciones que reflejaban una realidad palpable, desde la época en que se desarrolla la trama de la cinta hasta la época de su realización y de años posteriores, como aquella escena en que el general Aguirre, ríe solo en su auto, burlándose irónicamente al recordar la frase que acaba de escuhar de boca del Caudillo: “No sería yo sino el pueblo quien lo eligiera” refiriéndose al candidato a la presidencia de la República. |