| Sociología apresurada de Las estrellas de la línea. |
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| Escrito por Sergio Valdés Pedroni |
| Miércoles, 12 de Marzo de 2008 16:21 |
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En Guatemala hay pocos registros documentales sobre prostitución; no obstante, es un fenómeno extendido que abarca a todas las clases sociales y grupos étnicos. Una incisiva investigación sociológica sobre comercio sexual en la Costa Sur y un ejercicio videográfico del Taller de Cine de la USAC, ambos de finales de los años 80, son dos antecedentes concretos, censurados en su momento por el “imaginario público” bajo argumentos que pretendían ocultar la realidad, y que en el fondo no eran más que recreaciones moralizantes de la culpa y la hipocresía de las instituciones, incluida la Universidad de San Carlos de Guatemala.
Digamos que frente a la prostitución, en tanto profesión indeseable y símbolo extremo de la necesidad de placer, la sociedad guatemalteca y sus representantes más preclaros, pierden el rumbo de la imaginación y su capacidad intelectual se hunde en las arenas movedizas de la mentira y la negación; o desde otro ángulo de nuestra patología, del silencio y la complacencia. Quizás por eso me gustó Estrellas de la línea (Chema Rodríguez, España / Guatemala, 2006), una película que aborda el tema con bastante honestidad, de acuerdo a un formato de géneros mezclados que incluye falso documental, reportaje, retrato, denuncia y hasta cine directo, como se llamaba en los 70 al seguimiento antropológico de la cámara sobre un personaje individual o colectivo de la realidad.
En primer lugar, hablar en Guatemala de exhibición cinematográfica comercial es hablar en buena medida de Hollywood, es decir, lugares comunes, good looking girls and all that kind of crap... Por eso, la presencia de la película de Rodríguez en nuestro colonizado circuito de pantallas grandes, representa un alivio para el buen sentido y la inteligencia. En segundo lugar, y aunque la obra tiene problemas, es dueña de una factura cuando menos correcta y un tratamiento que, en pocas palabras, funciona sobre una idea que en Holanda puede parecer elemental, pero en Guatemala representa todo un desafío: las putas son mucho más importantes, humanamente hablando, que la industria del fútbol, y por lo tanto merecen reconocimiento social, respeto a sus derechos humanos, buenos salarios (o tarifas, que es lo mismo), y protección contra la impunidad y el abuso policíaco.
Muchas cosas se pueden decir a favor o en contra de este tipo de cine. Y para empezar hagamos a un lado la condena inútil de que “todo (la inscripción de un equipo de putas en el torneo de FUTECA y la filmación de los eventos que esto genera) fue parte de un montaje para llamar la atención”, lo cual es absolutamente cierto y constituye un recurso documentalista muy afortunado. Recordemos que el cine y la comunicación audiovisual en general es una representación, no un calco de las cosas, y que la manipulación es una operación necesaria e inevitable, a la que debemos despojar de connotaciones peyorativas. Se puede acercar o alejar a los espectadores de una cierta verdad (que será siempre una verdad tamizada por la ideología, la religión, la clase social, la profesión, el género o la identidad étnica de quien la pronuncia), pero la objetividad es una pretensión falaz, una mentira voluntaria, por ejemplo, de los demagogos o los dueños de los medios vinculados al capital, o bien una aspiración ingenua de periodistas ignorantes.
-II- La adopción de una narración lineal de los acontecimientos, que va del partido inicial hasta la culminación de una gira en un campo deportivo de El Salvador (de donde proviene la mitad de las protagonistas), asegura de entrada la comprensión espacial y temporal del conflicto por parte de un público amplio, sin condenar la película a ser pasto de activistas de los derechos humanos, intelectuales liberales, feministas y redentores progresistas de diverso tipo. El problema es que aunque el fútbol sirve de pretexto y escenario recurrente, no alcanza el estatuto de “hilo conductor”. Por suerte, la alternancia entre los distintos niveles de registro (entrevistas, gira futbolística, vida cotidiana, ejercicio de la profesión, etcétera) hace avanzar la película a buen ritmo y captura la atención de la audiencia. Recuerdo a un grupo de jóvenes que creyeron que era porno, y permaneció callado y atento hasta el final.
Existen en la película, materiales como la entrevista con Andrés Zepeda, una suerte de productor local de todo el asunto, que está demasiado fragmentada y genera confusión. Tampoco el retrato de una vieja puta retirada, acaso el personaje más conmovedor, alcanza la profundidad que merece, de tal suerte que un beso que pudo ser inolvidable (el de la vieja con su amante alcohólico) apenas luce como punto y seguido previo a la peor escena de todas: la intervención del grupo de saltimbanquis de Caja Lúdica, contratados por la producción, a modo de migaja de alegría, premio por participar en el rodaje y consolación efímera por vivir en un contexto apabullante como La línea, con sus adictos, ladrones, policías abusadores y machos sedientos de sexo bueno y barato.
-III- La relación entre una prostituta, madre soltera, con una lesbiana rabiosa y sexista, el entusiasmo y la falsa alegría del entrenador homosexual, el miedo de las madres de un equipo burgués al contagio del SIDA, la afirmación de la identidad de las trabajadoras del sexo... La película pone de manifiesto la cultura del sacrificio moral a las diferencias y la existencia de necesidades sociales gigantescas insatisfechas. Por eso es vista por los sectores conservadores como una amenaza al status quo, un obstáculo para su propósito, unas veces oculto otras manifiesto, de diluir la verdad en el vestuario insípido de la buena conducta y la mentira.
Si algún premio merece Las estrellas de la línea, es el de una mirada atenta y sin prejuicios de la sociedad guatemalteca. |