| Nuevo elogio del cine… |
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| Escrito por Sergio Valdés |
| Sábado, 05 de Febrero de 2011 13:35 |
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Nuevo elogio del cine… Sergio Valdés Pedroni, enero 2010.
–I– Primer corte.
Es difícil encontrar una clave discursiva coherente para escribir un texto sobre el cine en Guatemala, cuya imagen por ahora asemeja a la de un conjunto de enjambres desordenados, en proceso de gestación, que al nivel de sus hacedores (técnicos, escritores, realizadores, productores, directores de arte, etc.) no encuentra todavía la división o “vocación” natural para sus múltiples y diversos integrantes. A este respecto, Gustavo Maldonado, filósofo de formación que dio sus primeros pasos como guionista en Amorfo (Mario Rosales, 2006) y como realizador (Colgar los tenis, Juegos de equilibrio, 2010 y 2011), me aseguró en lenguaje casi metafísico que “la dispersión de las virtudes corre el riesgo de volverse una práctica contraproducente entre quienes hacemos cine en Guatemala”. Y creo que tiene razón, porque hay productores que dispersan su vocación haciendo sonido directo o cámara, guionistas que intentan en vano resolver sus inquietudes en la edición, buenos actores que escriben malos guiones, técnicos correctos que ejercen la docencia del cine sin ningún rigor, críticos promisorios que en vez de cultivarse –y cultivarnos– trabajan como productores locales de proyectos extranjeros…
Por otra parte, en cuanto al enjambre de los espectadores (sin los cuales el cine sencillamente no puede cumplir con su promesa catártica o concientizadora) privan aquellos llamados infantiles o ingenuos, que como lo recordaba la cineasta y escritora francesa Margarite Duras (El hombre atlántico, India Song, etc.) en uno de los ensayos de Los ojos verdes (Plaza Janés, Barcelona, 1980) “[…] acuden al cine para divertirse y pasarla bien. Y no van más allá. Es a ellos a quienes en su juventud les enseñaron que la función del cine era distraer, que se iba a ver una película para olvidarse de otras cosas. Cuando estos espectadores entran en una sala, es para huir del exterior, de la calle, de la muchedumbre, escapar de sí mismos, sumergirse en otro mundo, el del filme, perder el yo que se dedica al trabajo, los estudios, la pareja, las relaciones, el de la repetición cotidiana”. Y son precisamente ellos quienes, al decir de Rodolfo Espinosa, uno de los jóvenes guionistas-realizadores más profusos del país (Prohibido robar rosas, 2009; Aquí me quedo, 2010, etc.) “llenan las salas de Guatemala y a los que tendríamos que convocar con el humor, para acercarlos poco a poco a otras preocupaciones o a cosas más dramáticas de la vida”.
¿Qué sucede con el cine en Guatemala? ¿cuáles son sus enjambres? ¿cuál es su historia? ¿qué suerte le espera a sus protagonistas? ¿qué hacer para asegurar un acceso efectivo de la población a sus formidables reinvenciones de la vida? ¿cómo formar un público dispuesto a dirigir su mirada hacia el cine “independiente”, muy distinto al que lo maleducó desde los circuitos comerciales de cable, televisión abierta y cine comercial? O en todo caso ¿qué hace falta para hacer en Guatemala un cine comercial que compita eficazmente con todo eso y no incurra en faltas graves al buen gusto y el sentido común, como sucede con La vaca, de Mendel Samayoa (2010), docente respetable y excelente productor (Donde acaban los caminos, 2004, del mexicano Carlos García Agraz sobre una novela de Mario Monteforte Toledo, entre otras), y realizador decente (La paciente, 2007, sobre guión de Rodolfo Espinosa) que hoy “dispersa sus virtudes” dirigiendo comedias intrascendentes?
En fin, dado que los enjambres están muy dispersos y que la tarea de responder con rigor a las numerosas interrogantes escapa a los alcances de este artículo, presento a continuación un Nuevo elogio del cine, basado en un texto que publicó Revista Ati (No. 23, diciembre de 2010), de cuyas páginas tomé una parte de la información que sirvió para corregirlo y aumentarlo. La otra proviene de entrevistas y notas recientes. La idea es ofrecer elementos pertinentes para formarse una primera imagen de conjunto sobre este importante fenómeno de la cultura guatemalteca contemporánea.
Estoy convencido de que el cine le ayudará al país para librarse de la colusión violenta entre las heridas del pasado, las incertidumbres del presente y los desafíos del porvenir. Es bien sabido que una de las dimensiones fundamentales de toda buena película (creativa y abierta a los problemas humanos de su tiempo, que se entiende), es la de servir de espejo con memoria e imaginación, recurso de amparo para estar presentes y trinchera desde la cual emprender la batalla por un destino de bienestar compartido. O como dijo el gran cineasta brasileño Glauber Rocha (Tierra en trance, La edad de la tierra, Dios y diablo en la tierra del sol, etc.): “El cine debe ser una magia capaz de hechizar al hombre hasta tal punto que éste ya no soporte vivir en esta realidad absurda”.
–II– Plano general de ubicación.
A la luz de la enorme cantidad de cineastas que tienen proyectos en marcha (Mario Rosales, Rodolfo Espinoza, Sergio Ramírez, Eduardo Spiegler, Julio Hernández, Roberto Díaz Gomar, Gustavo Maldonado, entre otros) y de lo que aconteció en las ediciones recientes del Festival ICARO (noviembre 2010), y el Festival Cine bajo la luna de Panajachel (noviembre-diciembre, 2010), en los que se exhibieron en conjunto más de 40 películas nacionales y centroamericanas, los ojos y los oídos de una porción creciente de población ya no son adversos a sus propias verdades, y la historia de la mirada guatemalteca sobre el mundo propio y el ajeno, está entrando a una nueva edad de reconocimiento y recreación. En efecto, más de 100 años después de la invención del cinematógrafo y 50 del video portátil, los mecanismos del olvido empiezan a ser desmontados por un contingente importante de cineastas y un número respetable de iniciativas de promoción, exhibición independiente y educación vinculadas al sector audiovisual en Centroamérica. En este sentido, Lucía Escobar, co-directora de Revista Ati y del festival de Panajachel, relata que uno de los mayores premios del festival, que es ajeno a la competencia, fue ver a los lancheros del lago abandonar por un momento su práctica machista y aplaudir sin descanso el testimonio de las líderes indígenas que figuran en la serie Historias de resistencia de las mujeres (1), exhibida durante el cierre en la playa pública del pueblo.
Todo indica que tras muchos años de esfuerzo silencioso, la corriente del cine adquirió en el país una “imprevista inmensidad” parecida a la del océano, tanto por su promesa de ensanchar el horizonte líquido de la vida y la historia, como por la amenaza de aniquilar el asombro y la curiosidad de la población con tormentas de confusión, tsunamis de esnobismo y alfombras semi-rojas, envenenadas por inútiles afanes de reconocimiento.
Por un lado, cada día aparece alguien que de pronto decide convertirse en cineasta “aunque sea de cortometrajes o documentales”, consigue dinero de alguna oenegé pirata o aprovecha los equipos gubernamentales de producción, para “lanzar hacia el éxito” materiales con buena factura, pero ajenos a un compromiso genuino y perdurable con el arte, la técnica y el presente del cine guatemalteco y centroamericano. Son los fuegos artificiales del cine y el video arribista-populista, capaces de encandilar por un momento la mirada de un amigo complaciente o algún jurado bien intencionado. Conozco varios casos, uno de ellos es Cecil de León, un hombre de intenciones políticas que produjo un seudo-documental sobre desaparecidos e impunidad, que al final devino en una suerte de auto-retrato narcisista en Final Cut (2). Y aún así –dado que no tengo razones para dudar de la integridad y la postura democrática del realizador–, es probable que de sus confusas telarañas auto-referenciales, penda uno que otro descubrimiento asombroso o alguna interrogante cuya respuesta nos devuelva a la alegría de nuestras aspiraciones de justicia.
También existen quienes optan por la vía de la constancia, la honestidad discursiva y la solidaridad gremial, inventando y reinventando, muchas veces de manera asombrosa y con presupuestos irrisorios, los “significantes imaginarios” del país. Ahí está por ejemplo el trabajo de Eduardo Spiegler y sus colegas de CINECUANÓN y PIRATA-TV “[…] un equipo independiente de trabajo audiovisual que produce y distribuye cine y video hecho en Guatemala, en cuya primera transmisión contempla 12 horas de tesoros audiovisuales, en 6 transmisiones por dvd, sin comerciales, campos pagados ni censura” (3).
Este material, disponible a partir de febrero de 2011 (cada dos meses un dvd con dos horas de programación independiente), hace énfasis tanto en la ficción como en la “no ficción” (4), y busca penetrar la coraza mezquina de la televisión comercial en el país (5). Por ahora producen una videoteca del arte guatemalteco, incluido un programa sobre el destacado dibujante Arnoldo Ramírez Amaya, “enlatados” de cine nacional y centroamericano, un instructivo de idioma q´eqchi, Las aventuras de Locoloroco, etc. PIRATA TV no es un negocio, y su propósito es llegar al público por vías alternativas: “vamos a vender dvd´s sueltos y por suscripción, ello para seguir produciendo y pagar dignamente el esfuerzo, energía y creatividad que el equipo suda en la producción. Y entonces sí, sentirnos orgullosos de generar empleos con sueldos dignos, no como los canales que pagan sueldos de hambre”. Se trata de un “hito”, en el sentido de que fijan su mirada en algo sin distraerla en otra parte, que han tomado posición y permanecen en ella con flexibilidad, que son versátiles y varían los medios convencionales de producción y que no están dispuestos a darse por vencidos frente a la maquinaria audiovisual del sistema.
Por otra parte está COMUNICARTE, de Arturo Albizures y Boris Hernández, uno de los proyectos documentalistas más constantes del país, cuyo objetivo es “documentar y difundir la realidad, rescatando la memoria histórica”(6). Es un trabajo ligado a las consecuencias de la rebelión y la guerra de contrainsurgencia, que ya cumplió 20 años de iluminar los “feroces espacios” de la represión y la impunidad. Su constancia es tal que en los últimos 3 años produjeron 15 reportajes inmediatos y documentales de fondo, entre los que destacan Desafíos para los buenos tiempos (2007), Consulta comunitaria de Buena Fe (2007), Repensar el Estado, la democracia y la política (2007), etc. También ellos rompen con los cánones de la producción comercial, e incluso del nuevo cine de “autor” y del esnobismo audiovisual universitario.
La ficción es mejor conocida y se encuentra en proceso de consolidación. Julio Hernández, Sergio Ramírez, Mario Rosales, Rodolfo Espinosa, Mendel Samayoa, Verónica Riedel, Alejo Crisóstomo, etc. y los cineastas que confluyen en Casa Comal (Elías Jiménez, Rafael Rosal, Ray Figueroa) de quienes debemos celebrar, aparte de su obra, la constancia para organizar y mantener vigente el Festival Ícaro, meritorio esfuerzo de acopio, exhibición y circulación de obras al nivel centroamericano, así como su proyecto pedagógico, que se nutre con el aporte de jóvenes cineastas o docentes provenientes de Europa. Andrés Zepeda, guionista, productor (Estrellas de la línea, Amor Callejero y Coyote, del documentalista español Chema Rodríguez), afirma que “[…] los Ícaro son ya todo un referente para el quehacer audiovisual en la región y su edición más reciente acogió una cifra récord de once largometrajes de ficción guatemaltecos”, y nos advierte que, sin desestimar tan promisorios ímpetus “conviene no perder de vista que el cine nacional apenas está dando sus primeros pasos, después del prolongado letargo sufrido a consecuencia de la guerra, y por lo tanto es natural que haya tropezones y desaciertos: no existe en Guatemala una industria cinematográfica propiamente dicha, así que tampoco puede esperarse una oferta desarrollada de personal técnico. Aún así –concluye Zepeda– es de esperarse que poco a poco este andar cobre ritmo, velocidad y estilo”.
–III– Inserto anecdótico.
A propósito de la formación de espectadores y de La bodega, ópera prima de Ray Figueroa (7), que no he tenido el gusto o el disgusto de ver, escuché durante la marcha del 20 de octubre del año pasado, el comentario de un antiguo militante de la guerrilla urbana, hoy dedicado al contrabando a pequeña escala y otras acciones ilícitas (incluida la venta al menudeo de marihuana), que afirmaba lo siguiente: “Guatemala es una ciudad de fronteras. Aquí hay una frontera, allá –señalando una esquina a 200 metros de distancia– hay otra. Es un mundo de fronteras que se defiende a muerte, de una violencia que los señores que hicieron La bodega no entienden. Les faltó compromiso con esa realidad que buscan enseñar…”. Lo importante de esto, con o sin la razón del comentario, es que el cine está generando entre la población una actitud cada vez más reflexiva y crítica de lo que somos como país y como destino… Es el cine como espacio simbólico de construcción de identidades, bastión de nuevos sueños y pesadillas, recurso de los nuevos tiempos en manos de una población que se busca a sí misma con desesperación.
–IV– Planos en picada sobre nuevas y viejas promesas.
De vuelta a las estrategias alternativas de producción de tipo documental, cabe citar la expectativa, justa pero aún insatisfecha, creada por TV-MAYA, y su esfuerzo de generar una imagen incluyente de la vida cotidiana para los pueblos indígenas del país. “Ya no queremos seguir respirando nuestra cultura a la sombra de la exclusión”, me dijo con aliento poético Raúl Urízar, joven productor de este canal en formación. Suena muy bonito, ahora hace falta que lo lleven a la pantalla. Que rompan el cerco de la televisión comercial -y de aquellas reivindicaciones identitarias que colindan con el fanatismo y la exclusión, de signo inverso al habitual...
En el otro extremo del planeta del cine habita Roberto –el canche– Díaz Gomar, actor consumado, co-productor financiero de innumerables películas y, en suma, la mayor fuente viva de apoyo y solidaridad con el cine. De hecho, Gomar se percibe como “colaborador incondicional del cine nacional, especialmente como actor, que es mi pasión irrenunciable. Además, me veo como un pilar para mantener el difícil equilibrio en la gestión de la ley de cine, que tanto necesitamos y responde a una necesidad impostergable, para que reciba el amparo y el respaldo público y privado que merece” (8).
Hace un par de años, Gomar decidió incursionar como realizador documental mediante un retrato de Manuel José Arce, reconocido escritor guatemalteco, fallecido en Francia en 1985. El trabajo está en marcha, y si consigue gobernar en el montaje las decenas de horas que lleva grabadas, habrá de sumar un nuevo título de dignidad en la representación de los poetas guatemaltecos en la pantalla.
Una descripción completa de estas formas alternativas e independientes de producción documental o televisiva exigiría, entre otras cosas, el reporte de registros institucionales sistemáticos, como el que dirige Otto Gaytán para el Consejo de Protección de Antigua Guatemala. Fuera de ello, Gaytán, hombre de teatro, editor y cofundador a finales de los 80 de Cochemonte, una de las primeras productoras documentalistas independientes del país (9), ha dirigido documentales políticos significativos como Amanecer (1992), El corrido de Tono Ballena (2004), y otros. Cada vez que alguien está por estrenar un nuevo trabajo, se toma la frente y le pide a los dioses del cine que sea bueno.
Toca ahora citar el trabajo de Asociación Luciérnaga, en realidad una productora gobernada por Alfonso Porras, antropólogo egresado del Taller de Cine de la USAC (10). Porras se ha desenvuelto como co-productor de innumerables proyectos nacionales independientes, realizador de documentales institucionales y soporte de producciones extranjeras. De hecho, mi propio trabajo como cineasta no hubiera sido posible sin su intervención técnica y su apoyo incondicional, a distintos niveles. No obstante, cabe cuestionar su labor de rescate y digitalización de archivos históricos, que durante años no ha cumplido sus promesas y no ha resuelto la necesidad de fundar archivos accesibles, bien ordenados, de la memoria histórica nacional. Más allá de su capacidad como productor, de su talento contenido como guionista, de sus aportes teóricos y de su generosidad, Alfonso es otro ejemplo de dispersión de virtudes e indefinición de vocaciones.
No puedo esquivar la necesidad de hablar de mi propio trabajo documentalista y experimental (o de “géneros mezclados”, como prefiero llamarlo). Seré breve. En los 14 meses recién pasados produje Historias de Resistencia de las mujeres de Huehuetenango (2009, 80´), serie de 4 videos político-didácticos con guión de la poeta y ensayista Tania Palencia; El precio de la libertad (2010, 50´), trabajo experimental en colaboración con Carmen Samayoa, destacada actriz y dramaturga guatemalteca radicada en Francia; y Exilio de una promesa (2010 45´), producido a instancias del sociólogo Ernesto López, embajador argentino en Guatemala. Hay quienes opinan que mi trabajos sobre Antonin Artaud (La inspiración a escalones), Luis Cardoza y Aragón (Luis y Laura), la izquierda revolucionaria (Discurso contra el olvido) y las mujeres rurales (En estas vidas está la mía, Historias de resistencia) son contribuciones respetables. No obstante, yo creo que mi mejor película ha sido la docencia, en particular la etapa de fundación y conducción del Taller de cine de la USAC.
–V– Intertítulo con algunos nombres destacados y otros poco visibles…
La lista de cineastas nacionales y extranjeros que producen o produjeron su trabajo en Guatemala, en cualquiera de las áreas del proceso de creación de un filme, es extensa y crece sin cesar. Luis Argueta (El silencio de Neto) y Guillermo Escalón (Semana Santa en Guatemala, distinta a la del fallecido pionero Rafael Lanuza), son apenas dos sus nombres más destacados. Porque también están Tatiana Palomo (actriz y directora de casting), Gabriela Meléndez (productora), Carla Molina (fotógrafa), Carla García (directora de arte), Pamela López (productora de campo), José Vásquez (camarógrafo), Magdiel Fernández (guionista), y un largo etcétera. Sin olvidar casos excepcionales como el del escritor Rodrigo Rey Rosa, que dirigió Lo que soñó Sebastián, basada en su propia novela homónima; Thomas Walter, que durante mucho tiempo trabajó con Uli Stelzner; Mary Ellen Davis, la canadiense que produjo en los 90 Las quimeras del diablo; y de nuevo, un largo etcétera.
Y entre los innumerables jóvenes que hoy dan sus primeros pasos, está Camila Camaleón Urrutia, quien estudió en Montreal, donde produjo por lo menos dos cortometrajes fílmicos que daban cuenta de una fecunda inclinación por un cine simbolista, basado en el montaje, más que en el diálogo o la actuación. La carnicería del sur sobre un militante guatemalteco de izquierda que sufre la pesadilla de un general que se comporta como carnicero frente a la población, y Mi familia modelo, que invita a (re) descubrir la cosificación de las relaciones eróticas al interior del universo alienante y rutinario de la familia pequeño-burguesa, quedarán en su trayectoria como ejemplo de alguien que busca librarse a toda costa de la amenaza academicista y las convenciones del régimen narrativo convencional, al cual se acerca sin remedio en dos trabajos recientes (Cine de Lux y La libretita), uno de cuyos valores –pese a una acusada carencia de imaginación visual, que bien podría ser deliberada…– es el de poner al desnudo los conflictos existenciales de mujeres lesbianas en el contexto de un país conservador y moralizante como pocos. Si la tercera parte del conglomerado de nuevos cineastas actúa con la honestidad que la caracteriza, el cine guatemalteco habrá de acabar pronto con los fuegos artificiales y la hipocresía de los medios comerciales.
Y hay otros nombres, y otros oficios, y otros aciertos y confusiones, a propósito de las cuales Andrés Zepeda afirma que “lo interesante es que cada vez son más los entusiastas dispuestos a superar escollos logísticos y presupuestarios para emprender la aventura de hacer películas” y se lamenta del exceso de improvisación, y de la gran cantidad de realizadores o realizadoras que “se inspiran en las motivaciones equivocadas: sed de reconocimiento, seducción por el estrellato, vanidad por acaparar espacios mediáticos y fascinación por recorrer alfombras rojas, en vez de un serio compromiso por el trabajo a conciencia y por la exploración del lenguaje audiovisual como posibilidad comunicativa y estética”.
Camila Camaleón señala que “esta nueva generación de cineastas ya no va al cine. Si lo hace es muy poco y a ver malas películas de Hollywood. Las películas hechas para grandes salas se ven en televisores o compus, y pocas veces se proyectan en alguna sala, por lo general incómoda”. Y concluye preguntándose, sin alcanzar por ahora respuesta alguna, qué influencia tendrá esto en la manera que tiene su generación de hacer cine.
Un problema recurrente es el de la poca formación en materia de dirección de actores. Y no parece justo descargar la responsabilidad en el "origen teatral” de quienes por ahora integran el elenco (casting) de nuestras películas. Al fin de cuentas, el cine formó su especificidad, no sólo de la “impresión de realidad” y la “ilusión de movimiento”, sino de las influencias que recibió de la plástica, la literatura y el teatro, incluida la actuación.
–VI– Acercamientos a dos documentalistas solidarios.
Uli Stelzner: documentalista de origen alemán que adoptó al pueblo guatemalteco (historia, tragedias, alegrías) como depositario de una vocación democrática y solidaria, a toda prueba. Sus películas atestiguan la capacidad humana de rehacerse desde las cenizas y sobreponerse a las condenas del olvido (Civilizadores, Testamento…) o la impunidad (Ojalá, Romper el cerco…). La Isla (Alemania-Guatemala, 2009), con imagen del salvadoreño Guillermo Escalón (La zona intertidal, Cartas de Morazán, Alejandro…), es un documental de géneros mezclados, dueño de una “factura” envidiable, con aciertos y desaciertos historiográficos, méritos y deméritos estéticos o formales, y una cierta utilidad didáctica o “concientizadora”, para públicos jóvenes. Existe un consenso relativo, sobre todo entre sobrevivientes y herederos de la lucha revolucionaria de los 80, en cuanto a que el material “no estuvo a la altura de las expectativas”, y que “en tanto aporte al conocimiento de la historia y a la construcción de nuevas conciencias e identidades, está por debajo de Civilizadores, alemanes en Guatemala“, a mi juicio un clásico de la solidaridad imaginaria hecha en Guatemala.
Juan Manuel Sepúlveda: exponente de una nueva generación de cineastas documentalistas mexicanos, que se caracteriza por la renuncia al dogmatismo de izquierda y la estética panfletaria reporteril de otros tiempos. Egresado del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos -CUEC-UNAM-, en 2009 su película La frontera infinita obtuvo en Guatemala el premio ICARO a mejor largometraje documental. Hoy tiene en proceso Imágenes rotas, largometraje prometedor (a juzgar por el guión y algunos resultados del rodaje), que tomando como pretexto una carpeta de fotografía social inédita de los años 60, plantea interrogantes fundamentales sobre la historia y el destino humano de las comunidades indígenas, colonizadoras de la Franja Transversal del Norte.
–VII– Travellings concluyentes.
Los métodos de registro (documental o ficción), los géneros, las tendencias, las manera de producir se complementan unas a otras, y mal hacen quienes, en el afán de encumbrarse en la cima del éxito, acuñan frases de descalificación, sin antes aprender a examinar con propiedad la imagen en movimiento y las circunstancias en las que se produce. Las canteras y las necesidades para hacer cine, video o televisión en Guatemala son tan abundantes como diversas, y los cineastas podemos aportar mucho para abrir los secretos del país a los vivos y los muertos, los hombres y las mujeres, los indígenas y los ladinos, los ricos y los pobres, los lúcidos y los necios…
Ahora bien, para que todo esto sea posible, es imperativo desarrollar cuanto antes una cultura de crítica cinematográfica que nos libre, por ejemplo, de sobre-valoraciones complacientes, como aquellas de las que fue objeto Marimbas del infierno (Julio Hernández, 2010) un material interesante pero sobrevalorado, que dista mucho de calificarlo como el “Jim Jarmush de Guatemala”, afirmación ofensiva (porque no le hace honor a uno y a otro), e inexplicable, viniendo de Maurice Echeverría, quien normalmente se distingue por la lucidez de sus observaciones y un dominio envidiable del oficio de escribir (11). Tenemos que rechazar la crítica que elogia y aprueba por principio, a favor de aquella que empuja a creadores y espectadores hacia el cambio y la trascendencia de sus propias fronteras.
Debo aclarar que tiendo a despreciar al cine comercial, es decir, aquel de grandes presupuestos, estrellas relucientes, idiomas extraños y contenidos que refuerzan los valores dominantes de las sociedades productivistas (sean estas hegemónicas o periféricas, postindustriales o “posmodernas de pacas” (12)). Es más, dudo mucho en la posibilidad –y cuestiono la pretensión– de construir en Guatemala una industria, en toda la extensión de la palabra, en parte porque traería consigo el imperativo de hacer un “cine genérico adaptado a todos”, con sus respectivas dosis de acción desenfrenada, sexo frívolo, terror inverosímil, humor fácil e ideología política reaccionaria. A ello opongo la alternativa de una industria cultural parcial, o mejor aún, un sector audiovisual que se inserte al proceso económico y cultural sin pretender fundar, a costos inalcanzables, estructuras técnicas o tecnológicas disponibles en muchos países vecinos, y que permanezca ajeno tanto a los modelos de producción estandarizados e impuestos por las metrópolis, como a la tentación de aquel “primitivismo nostálgico” que tanto encolerizaba a Rocha (13).
Las películas son un recurso necesario contra la inmovilidad de la historia y la imaginación. Larga vida para los enjambres de cineastas y las futuras colmenas del cine nacional.
NOTAS
1Serie político-didáctica de 4 cortometrajes. Dirección de Sergio Valdés, guión de Tania Palencia, Huehuetenango 2009. 2Programa muy utilizado en Guatemala para edición digital. 3Entrevista en forma de guión, Eduardo Spiegler, 2011. 4Término ambiguo, la “no ficción” es también “no documental”, y se refiere a la organización creativa de diversos tipos de materiales o registros que escapan a la esfera tradicional del cine de ficción o argumental, y al del cine documental, propiamente dicho, que consiste en “poner en pantalla” a la realidad, para re-organizarla e incluso “re-interpretarla” después en el montaje. 5Ver en la Red: www.piratatv.tv y www.piratatv.org. 6Entrevista con Arturo Albizures, 2010. 7Puertorriqueño radicado hace mucho en Guatemala. 8Entrevista, enero de 2011. 9Participaron también Rolando Duarte, Edgar Barillas y yo. 10Fundado a mediados de 1986 por Ana María Pedroni, Mario Recinos, Carlos Interiano y Sergio Valdés. Junto a los cursos de Justo Chang (Cajita de joyas, ) en la Alianza Francesa, dio origen a la primera generación de cineastas nacionales contemporáneos: Ana Inés Carpio, Walter López, Elías Jiménez, Patricia Orantes, Daniel Hernández y Luis González Palma, entre otros,. Además de innumerables ciclos, publicaciones y talleres de especialización, el taller produjo en formato fílmico de 16 mm. tres cortometrajes de ficción, dos de los cuales (El soplo del brujo y Al cabo del tiempo) representaron a Guatemala en el Festival Internacional de la Habana de 1990. El Taller fue el primer vínculo de Guatemala con la Escuela Internacional de Cine y Televisión de la Habana, labor que más tarde retomó Casa Comal. 11El aporte de Hernández es constante y meritorio. Gasolina, por ejemplo, anunciaba ya una concepción propia del encuadre y una eficacia narrativa respetable, dos ingredientes que hacen falta en muchos –no todos, claro- de quienes hacen ese tipo de cine. 12Expresión de Alexis Rojas, pintor huehueteco radicado en Antigua Guatemala. 13Ver en la Red: La estética del hambre.
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