| Paradojas de izquierda (*). |
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| Escrito por Sergio Valdés |
| Martes, 14 de Septiembre de 2010 08:39 |
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Hacer política, sobre todo de izquierda, supone recuperar formas abiertas, ágiles, flexibles de pensamiento. Supone además, concebir el pensamiento y la discusión como un bosque vivo y desordenado. Una selva de senderos que se encuentran, se bifurcan, y en su movimiento avanzan hacia reuniones más frondosas, menos maltratadas por la geometría autoritaria del dogmatismo.
Para ser de izquierda hace falta interrogar y poner en duda, a cada paso, las certezas que se desprenden del arbusto espinoso de la arrogancia. Reivindicar el derecho a la contradicción, retornar al reino de las paradojas (y de la crítica implacable contra las nociones que configuran y fundamentan el poder).
Encontrándose en la cima de la lucidez, Nietzche dijo más o menos: Amo a aquel cuya alma es profunda, aún en la herida, y que es suceptible de entregarse con pasión a cualquier experiencia de la vida cotidiana, por trivial que parezca, pues de ese modo cruza sin riesgo el puente colgante y peligroso que separa a las ideas de los actos.
La práctica teórica y la práctica concreta de izquierda (Gramsci), empuja a las personas democráticas de izquierda, hacia la construcción de una imagen productiva y edificante, de la comunidad organizada. A condición, claro, de mantener viva la curiosidad, la disposición al descubrimiento.
No es concebible la teoría y la práctica política de izquierda ajenas a las circunstancias de la vida. Indiferente al dolor ajeno, habitando el reyno de la pragmática y la frivolidad. Cuando en razón de la política, de la causa, se pasa por encima del afecto, se incurre de inmediato en una posición de derecha. Muchas veces, la izquierda se vió obligada a resolver esta amenaza con la entrega momentánea de las armas...
La izquierda resuelve la paradoja entre pensar y actuar afirmando que no existe tal mediación platónica entre una cosa y la otra. A diferencia de la derecha, la izquierda considera que la acción define a las ideas (el ciclo dialéctico, la coyuntura, cualquier cosa, principia en la práctica).
Buena parte de las paradojas de (la) izquierda tiene que ver con el afán de provocar el encuentro de la subjetividad pensante de los individuos, con la objetividad actuante de la colectividad. La izquierda resuelve esto afirmando, desde la práctica, que lo político no es más que la integración de los distintos planos de la experiencia humana en la vida cotidiana.
Al final de cuentas, dice la izquierda, la (práctica) política no es otra cosa que el encuentro del individuo con el colectivo. La certeza de que la conciencia individual es un acto de reconocimiento en los ojos del otro, es decirde la comunidad, el colectivo.
¿Qué destino le aguarda a la izquierda cuando su práctica y sus ideas no se vinculan con formas concretas de resistencia y contra-poder?. En este sentido, para eludir la incertidumbre o el oportunismo, debe evitarse una práctica y un ejercicio intelectual de minorias, ajena al devenir colectivo. No es cuestión de cantidades, sino de buen sentido.
No pueden haber individuos intelectualmente productivos, ni masas que protagonicen en forma conciente su historia inmediata, si unos y otras no afincan su práctica cotidiana en formas eficaces de resistencia y subversión.
La crítica y la práctica de izquierda deben concebirse como afirmación de lo propio, no como negación de lo ajeno. La independencia entre las esferas intelectual y práctica no debe desembocar en un divorcio.
Hace falta un poco de caos para protegernos del orden, un poco de autonomía para quedar a salvo de la subordinación. Pero esto, que bien puede identificarse con la anarquía subyacente a toda idea o práctica polüitica genuinamente de izquierda, no debe confundirse con el aislamiento.
El propósito de la izquierda -y en esto reside una de sus mayores paradojas- es buscar salidas de dignidad, justicia y afecto para la vida cotidiana, no para la utopía inalcanzable del porvenir, como suele creerse. La razón, por sí misma, no es capaz de reproducirse sino en contacto con lo inmediato. Y las pequeñas alegrias de la vida cotidiana sólo pueden hacer parte de un destino compartido mediante la toma de conciencia, es decir, del ejercicio intelectual, a cualquier nivel que este se produzca, en situaciones sociales concretas.
(*) Versión resumida de un texto leido ante las juventudes del partido verde de Austria, en 2005 |